El voluntariado en Programas de Acogimiento Residencial Terapéutico

En los Programas de Acogimiento Residencial Terapéutico, donde se acompaña a niños, niñas y adolescentes que han vivido graves vulneraciones de derechos, el voluntariado emerge como una oportunidad para ampliar la red de apoyo afectivo y comunitario. Más allá de la colaboración práctica, la presencia de voluntarios y voluntarias puede representar una fuente de vínculo humano, compañía y experiencias transformadoras que fortalecen el bienestar emocional y social de quienes habitan en residencias.

De acuerdo con la definición del propio sistema de voluntariado nacional, se trata de “actividades de interés general desarrolladas de manera altruista y solidaria, en beneficio de terceros, sin contraprestación económica y bajo programas o proyectos concretos”. En el contexto de acogimiento residencial terapéutico, estas acciones cobran especial relevancia al ofrecer espacios de compañía, juego, arte o conversación que refuerzan la autoestima, la confianza y la capacidad de los niños, niñas y adolescentes para establecer vínculos seguros y significativos.

Desde una perspectiva teórica, el neuropsiquiatra Jorge Barudy y la psicoterapeuta Maryorie Dantagnan sostienen que los lazos afectivos con adultos empáticos —aunque no sean parte del equipo profesional— pueden tener un valor profundamente reparador, al promover procesos de resiliencia y reconstrucción del apego. En la misma línea, el académico Emilio José Gómez Ciriano destaca que el voluntariado introduce una dimensión ética y comunitaria en la protección infantil, humanizando la experiencia institucional y fortaleciendo el sentido de pertenencia.

No obstante, para que este aporte sea realmente transformador, requiere un marco institucional que lo regule y acompañe. En este sentido,

toda iniciativa de voluntariado en estos programas debe ser parte de un proceso planificado, que distinga con claridad sus roles y funciones, y que garantice la seguridad, confidencialidad y bienestar de los niños, niñas y adolescentes.

El voluntariado no reemplaza el trabajo de los equipos técnicos ni de las cuidadoras y cuidadores; lo complementa, enriqueciendo la vida cotidiana en la residencia y fortaleciendo la conexión entre la comunidad y los niños y niñas en cuidado alternativo.

En cada gesto voluntario hay una posibilidad de resignificación, de encuentro y de humanidad. Es una invitación a la corresponsabilidad y al compromiso colectivo con la reparación y la dignidad de cada historia de vida.

Recomendaciones para incluir voluntariado

Selección responsable:

mantener registros formales de voluntarios y voluntarias y perfiles de habilidades, verificando antecedentes y motivaciones.

Planificación y propósito claro:

definir las tareas, límites y objetivos del voluntariado, asegurando coherencia con los procesos de intervención y con la misión institucional.

Inducción y formación:

ofrecer orientación en derechos de la niñez, enfoques transversales y principios éticos que guíen su participación.

Confidencialidad:

compartir solo la información estrictamente necesaria para la labor, resguardando la privacidad de los niños, niñas y adolescentes.

Supervisión constante:

el equipo técnico debe acompañar y evaluar las actividades voluntarias, garantizando que promuevan el bienestar físico y emocional de los niños, niñas y adolescentes.

Evaluación continua:

revisar periódicamente el impacto y beneficios del voluntariado, tanto en la experiencia de los niños, niñas y adolescentes, como en la gestión institucional.

Acompañamiento emocional:

preparar a los voluntarios para comprender la complejidad de las trayectorias vitales de los niños, niñas y adolescentes, evitando vínculos que generen dependencia o expectativas que no puedan sostenerse en el tiempo.

Recomendaciones para las y los voluntarios

¡Fórmate con nosotros!

Sé parte de la comunidad PROTEGE y transformemos la vida de niños, niñas y adolescentes que han sido gravemente vulnerados.

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